HISTORIA DE LA ASTRONOMÍA INFRARROJA  


TELESCOPIOS TERRESTRES

Los detectores infrarrojos instalados en los telescopios ópticos terrestres pueden detectar las longitudes de onda en el infrarrojo cercano que logran atravesar nuestra atmósfera. El mejor lugar para instalar observatorios infrarrojos son las altas cumbres de las montañas de regiones con climas secos, lo que hace posible situarlos por encima de la mayor parte del vapor de agua, una sustancia que absorbe las ondas infrarrojas. A esas grandes alturas, los astrónomos pueden estudiar longitudes de onda infrarrojas centradas en las bandas de 1,25; 1,65; 2,2; 3,5; 4,75; 10,5; 19,5 y 35 micrones. Los telescopios, al igual que nuestra atmósfera, emiten radiación infrarroja que suele complicar la observación de fuentes cósmicas. Los telescopios infrarrojos se diseñan para limitar la cantidad de emisión térmica que pueda alcanzar los detectores. Por ello, para reducir su emisión térmica, todos los detectores infrarrojos se enfrían a temperaturas extremadamente bajas. Además, al hacer observaciones desde la Tierra, los astrónomos detectan tanto la emisión infrarroja de los objetos observados como de la atmósfera. Más tarde, restan la emisión atmosférica de la emisión infrarroja del objeto para obtener medidas exactas.

A mediados de los años sesenta, desde el Observatorio del Monte Wilson se llevó a cabo el primer estudio infrarrojo del cielo utilizando detectores de PbS (sulfuro de plomo) enfriados por nitrógeno líquido, cuya mayor sensibilidad se obtiene a 2,2 micrones. El estudio abarcó aproximadamente 75% del cielo y encontró cerca de 20.000 fuentes infrarrojas. Muchas de estas fuentes eran estrellas que no se habían visto antes en el espectro visible. Estas estrellas son mucho más frías que nuestro sol y tienen temperaturas superficiales de 1000 a 2000 K (grados Kelvin). Nuestro sol tiene una temperatura superficial de cerca de 6000 K. Las 5500 fuentes más brillantes se incluyeron en el primer catálogo de estrellas infrarrojas. En 1968, el observatorio del Monte John de Nueva Zelanda realizó un estudio infrarrojo parcial del cielo meridional.

En la década de 1960, gracias a los avances de los detectores infrarrojos, se hizo viable instalar nuevos observatorios especializados en astronomía infrarroja. El grupo más grande de telescopios infrarrojos se halla en la cima del Mauna Kea, un volcán inactivo de la isla de Hawaii. Con una elevación de 4200 m, los observatorios de Mauna Kea* [página en Inglés] fueron fundados en 1967, y están muy por encima del vapor de agua atmosférico absorbente del infrarrojo.



Observatorios de Mauna Kea

Fotografía: Cortesía de Richard Wainscoat, Instituto de Astronomía de la Universidad de Hawaii.

A principios de la década de 1970 se descubrió que los núcleos de la galaxias —incluida la Vía Láctea— emiten intensamente en el infrarrojo. Los cuasares y otras galaxias activas también son fuentes intensas de radiación infrarroja. Toda esta nueva información se obtuvo mediante observaciones en el infrarrojo cercano llevadas a cabo desde la Tierra. Hoy en día, la mayoría de los grandes telescopios se han modificado instalando detectores infrarrojos. Muchos telescopios infrarrojos utilizan ahora óptica adaptiva para crear imágenes muy precisas o agudas. La óptica adaptiva* [página en Inglés] compensa las distorsiones producidas por la turbulencia atmosférica.

* Sitio web externo Última actualización: 28 de noviembre de 2000

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